Dick Whittington y su gato.
Hace mucho tiempo vivía en un pueble cito de Inglaterra un chiquillo llamado Dick Whittington . Su padre y su madre habían muero, y el pobrecito se mantenía con grandes dificulta des, pues los habitantes del pueblo eran tan pobres , que no podían favorecer al huerfanito. Dick iba siempre vestido de harapos y nunca sabía lo que iba a comer al día siguiente. Mas, a pesar de la penosa existencia que llevaba, era alegre e ingenioso y soñaba con hacerse hombre para darse buena vida. Por esto, sin duda, le gustaba escuchar los relatos que acerca de Londres le hacían los postillones de las diligencias y los carreteros que llegaban al pueblo. A ellos les divertía ver dilatarse de asombro los ojos de Dick cuando le contaban que en Londres todos eran ricos y felices y que allí la gente no hacía más que bailar y divertirse. También le explicaban que las calles de la ciudad estaban pavimenta das en oro.
- En ese caso- decía el chiquillo-, bastará con ir a Londres para recoger dinero. Yo podría comprarme trajes de abrigo y hasta un pastel entero para mí.
-Naturalmente- contestaban riendose los postillones- ; pero aguarda a que te crezcan las piernas, porque tal y como son ahora nunca te llevarían a la ciudad.
-Tenéis razón- suspiraba Dick.
Y se preguntaba cuánto le tendrían que crecer las piernas para poder ponerse en marcha.
En un claro día de primavera, que sucedio de un crudo invierno, pasó por el pueblo un hermoso carro con toldo. Iba tirado por ocho magníficos caballos con collares de tintineantes cascabeles. Dick no había presenciado jamás tan atractivo espectáculo y cuando supo que el carro se dirigía a Londres, quedó muy impresionado. Trabó amistad con el conductor y le dirigió infinitas preguntas acerca de la ciudad. Por fin se atrevio a rogarle que le permitiera viajar en su compañía. El hombre se negó en un principio, pero cuando supo que Dick carecía de hogar y que estaba medio muerto de hambre, se dijo que no lo pasaría peor en Londres, y permitió que el muchacho le acompañara.
El viaje resultó muy penoso para un niño tan pequeño. La distancia era muy grande y parecía que nunca iba a llegar el fin. Además el carro iba tan cargado de bultos y de cajas , que el conductor se veía obligado a viajar de pié, junto a los caballos. Dick se mantenía alegremente al mismo paso, y no demostró nunca el menor cansancio. Por fin , surgieron ante sus ojos las torres y los tejados de los edificios de Londres. Aquel espectáculo volvio a es citar al joven viajero, que no se conformó con seguir al mismo paso que el carretero y los caballos. Dando las gracias a su amigo, echó a correr para ver cuanto antes aquellas calles empedradas en oro. ¡ Pobre Dicck! Ansioso y sin aliento entró en Londres para contemplar, y en vez de las doradas calles y las gentes dichosas, sucias vías publicas y personas tan pobre-mente vestidas y tan míseras como èl. Al principio no quería dar crédito a sus ojos y vagó de aquí para allá en busca de las maravilla y bellezas que le habían enseñado a esperar. Finalmente, hambriento, con los pies doloridos y cansados, desolado y triste, se acurrucó en un rincón y procuró dormir.
A la mañana siguiente se despertó con hambre y frío. Trató de reunir unos peniques pidiendo limosna a los transeúntes, pero estos apretaban el paso y no se paraban a mirar siquiera al pequeño que les tiraba de la chaqueta. Durante todo el día intentó hallar trabajo, para ganar algún dinero con que comprar alimentos, pero nadie quiso emplearle, pues andaba muy pálido y parecía más pequeño de lo que era. Aquella noche volvio a dormir en la calle. Al despertar, se sentía tan débil por efecto del hambre, que apenas podía mantenerse en pié. Lentamente recorrió una calle de bellos edificios hasta qué, por la puerta de uno de ellos, vio salir a una rolliza cocinera.
- Podría usted ayudarme, por favor ?- preguntó.
Le temblaban tanto las piernas, que tuvo que sentarse en los peldaños del porche para no caerse.
- ¿Quién yo ? ¿b Ayudar a un vagabundo, a un holgazán como tú ? ¡ No, chico ! ¡ N i pensarlo ! contestó-la cocinera.
Pero en aquel preciso instante salía de la casa su dueño, el señor Smith, que preguntó amablemente a Dick:
- ¿ Qué te ocurre muchacho ?
- Hace dos días que trato de hallar trabajo y comida- contestó Dick- y me siento tan débil y hambriento que no puedo tenerme en pie.
El señor Smith tenía buén corazón y se apiadó de Dick. Le hizo entrar en su casa, le dio un buen almuerzo y le dijo que podía quedarse allí a trabajar para la cocinera. A aquello desagradó a la mujer, que hizo pagar su contrarie dad al pobre Dick. Solía decir a menudo a quienes le escuchaban: Siempre estoy atareada. Cuando no tengo que batir huevos, tengo que soportar a ese haragán de Dick. No sirve para nada.
El pobre chico sufría como podía los malos tratos de la cocinera, porque estaba agradecido al dueño de la casa. Un día, la pequeña Alicia, hija del señor Smith, entró de improviso, en la cocina y halló a la mujer pegando a Dick. Como no veía motivo para ello, habló a su padre de la crueldad de la cocinera y el buen señor la advirtió seriamente de que aaquello no debía volver a ocurrir.
Desde aquel día, la vida fué mas agradable para Dick, excepto en una sóla cosa. La cocinera le había alojado en una buhardilla tan llenas de ratas y ratones , que el muchacho no podía dormir por la noche.
En cuanto consiguió ganar unos peniques, compró un gato y se lo llevó a la buhardilla. El animal era buen cazador y pronto le liberó de las ratas, de modo que, en lo sucesivo, Dick pudo conciliar tranquila mente el sueño. Con el tiempo, cobró gran cariño a su gato, pues era el único amigo con que contaba en aquella época. Le puso de nombre Tabby y, cuando por las noches , concluya su trabajo en la cocina, subía alegremente a la buhardilla pues sabía que allí estaba aguardando Tabby. El gato le recibía roroneando y frotándose contra sus piernas; luego los dos hechos un ovillo sobre el jergón de paja, dormían juntos como buenos amigos. Y mientras dormía ,el pobre Dick olvidaba sus sinsabores.
Continuará.....



